Caminando con Dios

22 June 2024

Ana es una madre de un niño con parálisis cerebral de 14 años y una niña de 8. Tomó la decisión de salir de Venezuela luego de que en la Gobernación del estado Barinas, su lugar de trabajo, le negaran ayuda para las atenciones y medicamentos que su hijo necesitaba.

Su hijo tuvo muchas complicaciones, por lo que se vio obligada a viajar con él a Cúcuta donde estuvo hospitalizado para que pudieran estabilizarlo. Una vez que salió del hospital, se devolvió a Venezuela a buscar a su niña para emprender su viaje.

En julio de 2018 salió de Venezuela con rumbo a Barranquilla, Colombia, donde vive parte de su familia. Tuvieron que pasar por trochas porque su hijo y su hija no tienen pasaporte. El trayecto desde su país hasta Colombia lo hicieron durante 5 horas por caminos verdes, llenos de arena y montañas. Empapados de sudor y de arena llegaron a Maicao, Colombia, donde una persona que les vio, pudo ayudarles con pasajes y dinero para comida.

En Barranquilla estuvo, aproximadamente, tres meses cuando decidió seguir a Perú. En la terminal terrestre de esta ciudad, otra persona le ayudó con pasajes a Bogotá, pues a Ana le habían dicho que allí ayudaban a personas venezolanas.

Una vez en la terminal de la capital colombiana, notó que miles de paisanos suyos estaban en su misma situación: sin rumbo, sin dinero, pero con un largo camino que recorrer. Allí hizo un grupo con otras personas venezolanas que compartían el mismo destino y emprendieron su rumbo caminando. “La gente me decía que cómo me iba yo a ir así con el niño, que yo para dónde iba a arrancar con el niño, les dije: ‘Dios es grande y Dios me tiene que ayudar’. De Bogotá sí, me tocó salir de cola en cola, parte caminando y parte la gente se paraba y daba la cola en los carros”.

De esa forma tardaron siete días en llegar a la frontera con Ecuador. Ya en el punto fronterizo de Ecuador y Colombia, estuvo cerca de tres horas sentada sobre sus maletas pensando qué hacer y un muchacho le dijo que no fuera a Perú porque ya estaba sobrepoblado de personas venezolanas, le orientó y le compró unos pasajes para poder llegar a Quito.

Llegó a Quito el 15 de septiembre de 2018, unos días después conoció el JRS Ecuador, desde donde recibió apoyo en una casa de acogida que alberga personas en situaciones de alta vulnerabilidad. En esa casa estuvo, aproximadamente, cuatro meses.

“Sí, se puede, no es fácil, pero uno en el camino se consigue gente muy buena. Pidiéndole a Dios y aferrándome, sí pude. Yo con mi niño especial y mi niña, sí pude. (…) Aquí le ponen a uno psicólogo, le ayudan, no a borrar, porque esas heridas nunca se van a borrar, a sobrellevarlas. Sinceramente en estos momentos yo me encuentro muy bien, mis hijos también. Soy feliz, porque a mis hijos no les falta nada”.